¿Continente o contenido?
Ya desde antes de entrar al Museo de Historia del Arte, me asaltó esta pregunta, y durante todo el recorrido no pude encontrar la respuesta. Y es que no sabría decir qué es lo que me gusta más, si el edificio y su interior, o las obras de arte que alberga.
Pero vayamos por partes.
El edificio fue construido entre 1871 y 1891, veinte años de trabajo que bien valieron la pena, ya que la filigrana de los techos, la nobleza de los materiales empleados y el exquisito buen gusto se respira desde que se cruza la entrada. En muchos momentos me sorprendía a mí mismo mirando los delicados techos o la elegancia de las columnas tersas y pulidas, en vez de contemplar el cuadro que tenía enfrente.
La segunda parte, la formaría el conjunto de colecciones que los Habsburgo fueron aumentando a través de los siglos, y que incluye objetos que estaban perdidos o disgregados por el mundo.
Quizá lo más relevante sean las salas de la colección egipcio-oriental, adornadas con enormes columnas de fardos de papiros, decoraciones murales egipcias, vitrinas y otros ornamentos. Así podemos entrar en la camara de culto del príncipe Ka-ni-nisut o admirar las tumbas y sarcófagos, los valiosos papiros o las estatuas y relieves.
Especial mención también para la colección de antigüedades, el mundo griego y romano de la mano de obras de arte únicas, como la Gema Augustea o los jarrones y ánforas giregas.
Finalmente la Pinacoteca con obras de Bruegel, Vermeer, Sanzio, Tintoretto y muchos otros genios de la pintura mundial desde el siglo XV a 1800.
En el último piso hay un gabinete numismático y la Kunstkammer o Cámara de Arte, pero en el momento de mi visita estaban cerrados por reformas.
Después de tanto gozo artístico, cerremos la visita tomando un estupendo café vienés y un suculento trozo de apfelstrudel en la cafetería que se encuentra debajo de la cúpula, enmarcada por los dibujos del genial Gustav Klimt.
Inolvidable.


