El fiordo de los sentidos
Antes de partir hacia Nueva Zelanda dudábamos si visitar el obligado Milford Sound por la carretera que lo recorre en todo su perímetro en lo alto de las montañas y acantilados o hacer lo que todo el mundo hace, es decir, un crucero. Finalmente, viendo los pros y los contras, decidimos elegir este último. Como ya hemos visto en el anterior rincón, existe una terminal de ferries o más bien barcos de recreo que realiza recorridos hasta el mar de Tasmania, a unos 15 kilómetros del muelle.
Tras comprar nuestro billetes, entramos al barco, donde ya estaba preparado el buffet caliente que iba incluido en el precio. Llenamos nuestras bandejas, ya que debido al largo camino que tuvimos que recorrer, nos habíamos levantado a las 6 de la mañana y partido sin desayunar.
En breve, el barco zarpó, y ante nosotros empezaron a surgir las maravillas.
Escarpados acantilados rocosos, bosques que se aferran a las laderas y que según dice se desmoronan de vez en cuando, provocando una avalancha arbórea, cascadas, animales marinos y terrestres...Naturaleza pura.
Disfrutamos con calma, sin prisas y desde muy cerca de cataratas como la Bowen o las Sterling, el inmenso e imponente pico Mitre, la coqueta bahía de Anita y al final del todo las revueltas y azules aguas del mar de Tasmania.
Por el camino y muy de cerca, el barco nos da la oportunidad de ver solitarios pingüinos, focas apiñadas en una enorme roca, y un poco de lejos ( demasiado para mi objetivo) delfines.La abundante vida en el fiordo se debe a que el agua dulce se deposita en la superficie y se va mezclando con la salada del mar, creando un ecosistema único que permite que muchas especies vivan aquí incluso sin ser su hábitat natural.
Desembarcamos a las dos horas, satisfechos por haber disfrutado de una experiencia única que nos había acercado hasta una Naturaleza que parece ser dueña absoluta no sólo del fiordo, sino de todo el país.
Una última cosa, cuidado en el semáforo que regula la entrada al túnel del fiordo, ya que unos traviesos pero encantadores loros de montaña ( únicos en el mundo) no tendrán ningún reparo en subirse a nuestros vehículos e incluso entrar en su interior y su golosina favorita es el limpiaparabrisas que no dudan en picotear y arrancar. Los keas son unos loritos grandes como gallinas, simpaticones y descarados, pero recordemos que también son hijos legítimos del Fiordo de Milford Sound.


