Alfonso Navarro Táppero
Regresamos al río “viajero”, al gran Níge...
Regresamos al río “viajero”, al gran Níger para descubrir desde la cubierta de nuestra pinaza una arquitectura oculta, popular, perecedera y humilde que brota de la tierra, se fusiona con el terruño del que parece emerger y forma preciosos castillos de cuento de hadas en forma de sugerentes Mezquitas.
Arquitectura oculta porque su perfil se vislumbra a duras penas desde las orillas del gran río, entre la frondosa vegetación que cubre la ribera se adivinan tímidamente los esbeltos minaretes; eso si, únicamente en el caso de las construcciones más notables.
Arquitectura popular porque son los propios habitantes de las pequeñas aldeas los que erigen con sabia maestría estos pequeños edificios.
Arquitectura perecedera porque la estación de las lluvias castiga duramente sus paredes haciendo necesario su revoque y cuidado al término de la misma.
Arquitectura humilde al fin y al cabo, levantada con fe, amor y ternura.
Desembarcamos en pequeñas poblaciones como Kotaka, Kuna o Buna y contemplamos las diferentes formas, siempre sugerentes y bellas que adquieren estas singulares construcciones, nos emocionamos con el ritual que supone descalzarnos para penetrar en el interior de estas pequeñas maravillas y disfrutamos contemplando el orgullo con el que los lugareños nos muestran su más preciado tesoro.
El Níger, un río para soñar despierto, sus mezquitas, pequeños tesoros por descubrir.
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