Fría como el hielo pero cautivadora como el fuego
11 son los triángulos de aluminio cubiertos de hormigón que sirven de techo a la Catedral del Ártico cuya construcción data de los prolíficos años 60, cuando la arquitectura se mezclaba con la era futurista y daba a luz auténticas obras de arte como este edificio.
Rompe en todos los sentidos con las casas y edificios circundantes, y sobre todo con lo que hasta entonces se había construido.
Había que contar con que la cubierta debía ser opaca, duradera y sobre todo resistente a heladas y lluvia, la ciudad de Tromsø no disfrutaba de mucha luz a lo largo del año así que el frente, que en un principio se había proyectado en otro material, tuvo que ser cubierto con unos enormes paneles de cristal que dieran paso a esa luz que tanto echan de menos los nórdicos.
Menos no iba a ser el altar, que fue recubierto de unas vidrieras de colores que representan el poder de las manos de Dios de las que surge Jesucristo, el Hombre y la Mujer, aparte de infinidad de símbolos que cautivan nuestra mirada en un intento de entenderlos e interpretarlos.
Más luz añaden las grandes arañas de cristal de Bohemia color ámbar que con su forma de prisma compuesta por decenas de carámbanos distribuyen ingeniosamente la luz artificial cuando el sol se oculta durante la larga noche ártica, acunada por la música que emana de un órgano de reciente construcción (2005) que es el auténtico protagonista en los llamados Conciertos del Sol de Medianoche.
Muchos visitantes se preguntan si el arquitecto se inspiró en una tienda sami, en un iceberg o incluso en un secadero de pescado, ya que las tres fuentes pueden haber sido la musa que llevó a Jan Inge Hovig a diseñar la pequeña pero severa y elegante Catedral del Ártico.


