Los tesoros de la ciudad del vino
Es curioso como la historia se repite e incluso se fuerza a repetirse a sí misma. Tal y como hemos visto en nuestro recorrido por Sevilla y Córdoba, la mayoría de las iglesias se han levantado sobre antiguas mezquitas y la de Santiago no iba a ser menos. Otro rasgo común con otras, como la de Aguilar, es que se edificó con las mismas piedras con las que se levantaba el castillo de la ciudad, derrumbado por la furia contra los señores feudales.
Luego hay cosas que difieren y diferencian, como las imágenes sagradas que en ella moran, y que tienen un hondo sentir popular como vestiduras.
Imágenes claves en la Semana Santa de esta tierra de vinos, como el Nazareno, las dolientes Vírgenes y Madres y una gran curiosidad, el Crucificado de Zacatecas, traído de México en el siglo XVI, de tamaño superior al académico y con una altura de 210 centímetros. La imagen fue realizada con una mezcla de fibras vegetales de caña de maíz y encolados, lo que me recuerda por la composición y el gran parecido físico al Cristo Difunto, de Icod de los Vinos, en Tenerife, hecho por los indios Tarascos y por tanto también de origen mexicano.